Las heridas emocionales se producen cuando no podemos resolver adecuadamente los efectos de un suceso. Estas experiencias han contribuido a que seamos quien somos hoy. Esas heridas pueden convertirse en unas bellas cicatrices, como si fuéramos una pieza de Kintsugi

 

El kintsugi o kintsukuroi, significa en japonés “carpintería de oro” y es el arte que surge de la reparación. Las piezas de cerámica o porcelana estropeadas se arreglan o reinventan con una pasta de barniz o resina a la que se añade polvo de oro. Este arte pertenece a la filosofía wabi-sabi, que ensalza la belleza de la imperfección. Las roturas y reparaciones de un objeto se muestran porque forman parte de su historia, incluso contribuyen a que sean más bellos y resistentes. Este arte convertido en una filosofía de vida, contribuye a aceptar e incluso adornar nuestras cicatrices. Algunos libros ejemplo de ello son: “Las cicatrices no duelen” de Anabel González (Ed. Planeta), “El arte de curar heridas emocionales” de Tomás Navarro (Ed. Planeta) y “Kintsugi. El arte de la resiliencia” de Celine Santini (Ed. Cúpula).

 

Las heridas emocionales se producen cuando no podemos resolver adecuadamente los efectos de un suceso vivido. Esa experiencia genera emociones intensas y eso es lo que tendremos que aprender identificar, manejar y llegar a sanar o cicatrizar. Para ello, en muchas ocasiones necesitamos ayuda externa, como puede ser la aportada por una terapia psicológica. Cuando estas heridas se producen en la infancia, nos afectan durante nuestra vida adulta, haciendo más difícil tener vida plena o, incluso, manejar eventualidades del día a día. Los sucesos no resueltos que se convierten en heridas emocionales pueden ser vivencias cotidianas como, por ejemplo, no sentirse comprendido por los padres. Es decir: no necesariamente se corresponden con vivencias que todos consideraríamos traumáticas, como puede ser haber vivido una guerra. Para la psiquiatra y psicoterapeuta Anabel González una herida emocional “puede tratarse de cualquier cosa: de unos padres que no prestaron la atención que requería algún hijo, de la traición de alguien de confianza, de las burlas de los compañeros de colegio… La cuestión es que algunos recuerdos, en lugar de convertirse en agua pasada, dan lugar a lodos cenagosos que siguen en el fondo de un lago de aparentes aguas tranquilas”.

 

Las cinco heridas de la infancia

Los sucesos traumáticos vividos a edades tempranas, cuando aún no tenemos estrategias y herramientas personales para entender y manejar lo que está pasando, nos afectan en nuestra vida adulta. Según los expertos, como Lisa Bourbeau, es común que puedan aparecer cinco heridas emocionales en la infancia que nos influyen en nuestra forma de pensar, sentir y actuar desde ese momento. Conocer nuestras heridas nos ayudará a sanarlas y alcanzar bienestar con nosotr@s y con l@s demás.

 

La herida del abandono

Las personas que se han sentido solas en su infancia, experimentan miedo  a quedarse sol@s al ser adultos. Este temor se manifiesta en una alta ansiedad al pensar que pueden ser abandonados por su pareja o amigos. Para cicatrizar esta herida, quienes la sufran habrán de aprender a trabajar su temor al rechazo y al abandono. Para ayudarse podrán apoyarse en un diálogo interno que les ayude a confiar y a sentir esperanza.  

 

La herida del rechazo

La percepción de esa herida puede estar causada por diversas variables, desde el rechazo de los padres, la familia o los compañeros o amigos de los primeros años. Esta experiencia genera sentimientos de rechazo, de fuerte autocrítica hacia un@ mism@ y de no ser merecedor/a de cariño. Para superar estos sentimientos puede ayudar trabajar los miedos sociales, buscar el lugar propio y tomar decisiones por un@ mism@ sin estar pendiente de los demás, asumiendo que habrá momentos en que no estén de acuerdo contigo o incluso que no te tengan en cuenta.

 

La herida de la humillación

Se produce cuando se ha sido objeto de importantes o repetitivas críticas y desaprobación en la infancia, algo que repercute en la autoestima infantil. Las personas que  sufrieron experiencias de este tipo se vuelven dependientes y pueden  generar un potente escudo protector como su mecanismo de defensa, con el que a veces pueden llegar a humillar a otros. Para cicatrizar esta herida nos puede ayudar favorecer nuestra independencia y aprender a respetar nuestras vulnerabilidades, temores y necesidades.   

 

La herida de la traición  

Esta experiencia aparece cuando el/la niñ@ ha percibido la traición de uno o de sus dos padres. Por ejemplo: se ha sentido engañado al no cumplirse las promesas hechas, le han mentido o no ha tenido el apoyo de sus padres cuando lo ha necesitado. Estas vivencias originan una profunda sensación de desconfianza, baja autoestima y rabia, haciendo que se vuelvan personas muy controladoras. Para sanar estos sentimientos, puede ayudar el ejercitarse a ser más tolerante, delegar responsabilidades en otros y aprender a estar sol@.

 

La herida de la injusticia

La percepción de esta herida aparece cuando los padres o cuidadores son distantes y autoritarios. La fuerte exigencia produce en l@s niñ@ sentimientos de incapacidad e inutilidad, sentimientos que le acompañan en su vida adulta. La vivencia de estas experiencias deriva en personas con rigidez de pensamiento, perfeccionistas, inseguras y con baja autoestima. Para cicatrizar esta herida nos puede ayudar a favorecer nuestro autoconcepto, aprender a ser flexibles y entrenarse en desarrollar la confianza en los demás.

La autora del Kintsugi del plato de la imagen es @ainhoque